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La influencia que se produce entre lo fílmico y lo literario es sin dudas un canal reciproco, ambos caminos mantienen variadas relaciones que en oportunidades no son conductivas, toda adaptación de un texto literario al cine supone de una parte el apego al texto original y de otra hacia el despegue creativo del texto en cuestión. Pero cuando se enlazan desde los puntos necesarios de generar empatía y rigor entre uno y otro arte, suma, y mucho, a través de generar productos culturales de relevancia

Desde la inmensa pluma del entrañable Osvaldo Soriano, se confeccionaron visualmente tres obras de importancia que agigantan nuestro quehacer cultural. Dos de ellas con maestría y sentimiento, adaptadas por Héctor Olivera,y una de ellas, a mi consideración la obra maestra del escritor marplatense, generada muy adusta y concretamente por Lautaro Murúa, el eximio actor chileno, oficiando de director y guionista de un clásico contemporáneo como resulta “Cuarteles de Invierno”.
 

Los cuarteles de invierno son el acantonamiento de las tropas de un ejército en campaña cuando se suspenden las operaciones en la época estival citada.

Y aquel acantonamiento se traduce de modo espectral y taciturno, despótico y opresor, a lo largo y ancho de una obra para la reflexión humana e histórica, de un segmento dramático y doloroso de nuestra nación.

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La acción sale del tradicional pueblo de ficción del autor llamado Colonia Vela (símbolo preciso del país mismo). En esta oportunidad el nuevo escenario es una localidad que está en poder de los militares que después de haber ganado la “guerra sucia” contra la hueste opositora han entrado en estrecha alianza con los políticos y los ricachones, alojando la acción en Puerto Obligado.
 

En la época de la última dictadura un boxeador y un cantor de tango llegan al lugar citado para participar en una fiesta popular organizada por el ejército. La integridad física y moral de los hombres se verá amenazada por la violencia parapolicial y el proceder impune de los militares del lugar.
 

Se observa fielmente en esta entrañable obra una apertura diferente entre los trabajos del autor. La profunda oscuridad que entorna sus principales narrativas, se transmuta en una historia de dos perdedores que a través de su temple y su hasta casi inocencia, emprenden una cruzada sin arma alguna más que su dignidad, fuerza y ganas de gritar de modo silencioso las injusticias y el absolutismo que contemplaban y sostenían como extraños legales dentro de su misma tierra. Los netos y típicos perdedores buscando un lugar para así reivindicar situaciones internas que de modo profundo se demarcan entre los movimientos y las actitudes a emprender en aquel infierno chico.
 

Entre el atardecer de un día sombrío y frío y el amanecer del siguiente día igual de sombrío y frío, se va deshilvanando lo profundo y visceral, contrastando con la unidad humana de una pareja muy peculiar, de esas que dejan recuerdo permanente.

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Dos par de pájaros sobrevolando el caos, ligeros de equipaje y con una carga adusta de olvido, dispuestos a desbaratar un “Teatro dentro del teatro” de aquel circo candente y crucial que las fuerzas represivas montaban a destajo para así poder inyectar la idea de un “ proceso de reorganización” que los consagraran como “los salvadores de la patria”.

La fuerza del relato suma una música ancestral, auténtica y sentida. Su banda sonora es generada por el referencial por excelencia de nuestra música popular: Astor Piazzola, quien conjuga con maestría y calidez el entorno que contiene más sombras que luces, aplicando la perspectiva justa que requiere lo visual.

Y un segmento actoral acorde al trabajo y la dignidad del mismo.

Ulises Dumont como Mingo, un extraño y simpático linyera, El entrañable actor uruguayo Enrique Almada, en el rol del típico oportunista lamebotas de turno, dos jóvenes promesas actorales como Luis Luque y el maravilloso Patricio Contreras, quienes dan sostén a los protagonistas. Un dúo dinámico si los hay.

Eduardo Pavlovsky, un hacedor cultural de primera línea, en el rol de Tony Rocha, un personaje algo torpe y enamoradizo, un boxeador algo así como un Balboa vernáculo, colmado de ganas, con sueños rotos, pero con una extrema bondad y entereza.

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Y el primer actor Oscar Ferrigno, maestro de maestros en el papel de Andrés Galván, un cantante de tangos en franca decadencia, que mediante su fuerza interior se juega por lo que siempre considero justó, lógico y necesario. Estampa y presencia, voz interior y elocuencia, son valederas virtudes que desarrolla en una de sus más importantes actuaciones.

Un Goliath del ring y una voz espectral y perdida. Reflejos exactos de la Argentina sitiada, silenciada, dividida mediante el absurdo poder, representan la esperanza viva y lineal que se necesita observar en parajes desolados. Ellos enmarcan la diatriba justa de nuestra más sana condición, en la pelea round a round por un premio importante, tal vez el más logrado:  el de la libertad.

Todos aquellos inviernos que concebían con claridad magistral el querido “Gordo” en sus trabajos se ven iluminados por sus resistentes personajes. Héroes anónimos en una vertiente sin sentido más que el del individualismo y el sálvese quien pueda.

 

Y en estos marginales, diminutos seres de grandiosidad majestuosa, podremos vernos reflejados, ingresando una vez más al mundo Soriano, aquel que tanta virtud dejo en los caminos del concepto popular.

 

"Cuarteles de Invierno", orgullo nacional.

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